Colección de esculturas

Obras

El bosque de los tótems (1996)

El bosque de los tótems (1996)

Cuando Agustín Ibarrola empieza a actuar, en los años ochenta, sobre los pinos de un bosque próximo a su caserío y a trabajar con unas traviesas de ferrocarril desechadas por Renfe no hacía sino profundizar en una de las dimensiones que había estado presente incluso en sus trabajos más comprometidos ideológicamente: la dimensión de lo totémico. Las poderosas imágenes de sus obreros, que cobraron una dimensión simbólica entre los antifranquistas, poseían ya algo de tótem, de símbolo ancestral ligado al mundo de la naturaleza. En sus experiencias en el bosque, Ibarrola desarrolló una investigación espacial y lingüística que perseguía una recuperación de la memoria a través de lo que de ella pervive en la naturaleza. Junto a la referencia a la necesidad de demarcación del territorio en el hombre primitivo, el pino le permitía conjugar, mediante sus intervenciones, el espíritu de la vanguardia y el mundo de la cultura material que se toca y se habita. Pero el pino era visto por Ibarrola, en tanto en cuanto especie no autóctona, como un producto industrial, exactamente igual a como él veía las traviesas con las que trabajaba, en las que se daba la doble condición de ser madera de árbol y traviesa de ferrocarril. "En el mundo de las traviesas", reconocía el escultor, "está la experiencia del tótem, la consideración del tótem como síntesis de ese medio que son los óxidos, los hollines, las estructuras del mundo industrial con el mundo de las herramientas del campesino, del hombre del mar, el mundo de las estructuras de los caseríos, el mundo de los barcos. Son formas enraizadas a través de la historia. Cuando pongo la traviesa en pie, clavada en el suelo o colgada sobre la pared, yo estoy recordando el tótem, estoy recordando una argizaiola, los yugos de las carretas de los bueyes, la estaca clavada en el suelo, el akullu, estoy recordando nuestra historia y la de otras culturas". Con ese nuevo material, cotidiano y próximo, Ibarrola realizó el conjunto escultórico de la estación de Bilbao, donde, al modo del hombre primitivo, el artista deja sus marcas mediante el color, las abrazaderas de hierro, las tuercas o las ramas secas de árbol. Y con ese material hizo también su impresionante "Ola a ritmo de txalaparta", en cuya silenciosa musicalidad se suman el homenaje al mar, a la historia del tren y a la historia de su tierra, simbolizada en ese instrumento autóctono (la txalaparta), hecho de madera, que servía para comunicarse a través de los valles. Pero es, sin duda, en "El bosque de los tótems", donde esa apuesta conceptual de buscar el vínculo entre el legado de los hombres y la naturaleza alcanza una dimensión más compleja sobre lo que debería ser el arte público, o, por decirlo con concepto más grato al artista, colectivo.